Ya sabéis que, como casi todos los veranos aunque sólo sean unos días, estoy aquí en la playa. ¡Que bonita es!. Sólo sentarse en la orilla y mirar al horizonte o cerrar los ojos para centrarse en la brisa del mar sobre nuestro rostro o en el ruido que produce el mar al romper sobre la sedienta arena merece este viaje y este esfuerzo, renacen los sentimientos de siempre, los que desde niño han provocado en mi este eterno amor..., sólo un torso femenino al descubierto hace que uno salga de todas sus cavilaciones, y paso a perderme en el otro y maravilloso paisaje que aparece para desaparecer como si fuera un sueño en el inicio de la vida..., sus hombros, su pecho al descubierto firme y duro... (los otros no se miran) y los pezones de tono rosáceo, o marrón, o negro mirando al cielo..., implorantes de caricias y besos. Sus caderas, sus nalgas con su braguita a medio culo, su movimiento grácil sobre la orilla levantando alguna gota de agua con sus pies... (o alguna otra cosa)..., no se porqué pero me viene siempre a la cabeza el poema de Pablo Neruda que empieza así:
"... De tu cabeza a tus pies,
voy a hacer un largo viaje..."
Y escalonado diría yo; pero su paso suave, grácil y cadencioso hace que poco a poco se vaya perdiendo tanta belleza en el horizonte.
La playa me despierta en todos los sentidos, en lo divino y en lo humano. Hace que me vuelva tremendamente vivo. Así que vuelvo a mis cavilaciones, a mi mar, a mi brisa y pierdo nuevamente la mirada en el horizonte y cierro los ojos al oir romper las olas sobre la arena..., que al fin y al cabo es lo único que permanece siempre y nos trasciende.
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