Esta mañana, a eso de las 6:30, me he despertado. No se si porque extraño mi cama o porque ha dormido mi hijo en la habitación y ha faltado ese polvo reposao y/o salvaje que hace que uno, con cara de gilipollas y sonrisa de oreja a oreja, duerma como dios; lo cierto es que a falta de lo uno y extrañeza de lo otro me he levantado a eso de las 7:15 y me he ido a andar por la playa. Es increíble, sólo el murmullo del mar corta esa brisa matutina, que poco a poco va desprendiéndose del rocío que nos ha abrazado en la honda noche.
El color plata del mar y una deslumbrante luminosidad por el este preludia la salida desde el hondo mar de nuestro precioso sol..., un brillo... ¡cuantos matices!, el mar se torna azul, verde, plata, oro según se mire y ese reflejo me sigue vaya donde vaya; empieza a aparecer a lo lejos algún que otro paseante que se ha perdido este milagro que se produce todos los días, sigo andando hasta el final de la playa y vuelvo. De lejos una silueta grácil, elegante en su caminar, con unas curvas preciosas va contorneando su figura pausadamente..., viene a mi encuentro. Me recuerda, así de lejos, a la pelirroja de Roger Rabbit. Cuanto más se acerca descubro, para mi sorpresa, que esa imponente mujer es la esposa que tanto amo, que ha venido a mi encuentro para bañarse conmigo..., no sigo. Hoy no triunfo en el sentido sexual de la palabra pues hay ya bastante gente caminando por la playa... ¡Seran cabrones!, ya podían haber dormido un poco más...
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